16/7/09

Conversación con Joaquín M., colono en Constanza entre 1955 y 1963

El texto son las notas tomadas durante la conversación con Joaquín M., español de Algemesí (Valencia) que emigró en el año 1955 y regresó a España en 1963. Joaquín M no aparece en "Dominicana, la tierra prometida" aunque su punto de vista, y experiencias similares de otros colonos, si están reflejados en el documental.



Cuando salimos de aquí, con una arroba de naranjas nos pagaban el jornal a mi padre, a mi hermano y a mi. Todos íbamos a hacer jornales (trabajar por paga) y allá nos encontramos con casa, toallas, vajilla... Nos dieron dinero para comida durante un año, nos arreglaron la boca gratis... ¿Como tengo que hablar mal? Los periodistas siempre buscan el lado malo. Pero yo estoy agradecido. Yo no me hice rico pero estuve allí porque quise. Asistido por el hospital... todo gratis. Teníamos luz y agua potable. Regábamos con agua potable. Vino el síndico de Constanza a pedirnos que regaramos con agua de acequia y no le hicimos ni caso. Allí ser español era tener media carrera.

Al principio pasábamos el tiempo jugando cartas, dominó... allí he aprendido el subastat (un juego de naipes)... muchos juegos. Eso, mientras nos preparaban la tierra.

Luego, al año, vinieron muchas mujeres españolas casadas en sus pueblos por poderes. Entonces todo el mundo se buscó alguna que le lavara la ropa, que le hiciera la comida... Como la vida era difícil, buscamos esa solución. Yo tenía una castellana que me hacía hasta el pan.

Yo tenía un campo trazado a cordel. Lo arrasaron las lluvias y Trujillo, cuando visitó Constanza, lo vio. Cuatrocientos metros de judías frente al campo de aviación... Trujillo lo vio y le dio pena. En aquel viaje, una mujer, una burgalesa, le pidió un crédito para comprar un tractor. La mujer no tenía dientes y mientras hablaba, Trujillo no dejaba de mirarle la boca. Al acabar la visita ordenó que viniera un comandante médico y nos repasara la boca a todos.

Las cosas empezaron a ponerse peor cuando Trujillo intentó matar al presidente Venezolano, a Betancourt. Entonces la OEA bloqueó la R. Dominicana. Yo estaba de presidente de la Colonia y lo viví muy de cerca: no podíamos exportar la cosecha de patatas, ni comprar insecticidas ni abonos...

Y el trato de la gente también cambió: ya no éramos “Los españoles de Trujillo” y no nos respetaban. Soltaban el ganado para que se comiera las huertas... empezaban a hacernos la vida imposible porque querían que nos fuéramos.

Algunos se quedaban porque estaban en tierras que habían comprado fuera de la Colonia... o era gente que se casó con dominicanas... Y empezamos a salir cuando las cosas se fueron poniendo peor.

¿La Guerrilla? El 14 de junio vi bajar el avión de los guerrilleros. Unos infelices con fusiles o ametralladoras. Pero no dispararon ni un tiro. Querían ganarse la simpatía de la gente. Luego vino el Ejército...

Luego hablé con Juan Bosch, con Bonilla, con el Embajador...
Era presidente de la cooperativa y, como no teníamos casi nada, juntábamos dinero para viajar a la capital. Eramos más pobres que otra cosa.

Después de la muerte de Trujillo Juan Bosch vino como candidato a Constanza. El Municipio nos pidió que fuéramos al mitin, para que hubiera más gente. Sabíamos que era de origen español y fuimos a la plaza.

Constanza es un valle muy bonito. Hay un cerro desde el que se ve como si fueras en avión, con todos los campos de diferentes colores, como un puzzle. Y Juan Bosch empieza a decir –tenia mucha labia— “Cuando llegué al alto (...) el edén, el cielo... Como Constanza no hay otra. Se me caían las lágrimas pensando en toda la sangre dominicana derramada aquí para expulsar a los españoles. Y ahora los españoles vuelven a estar aquí...”

Al oír esto me dije “xiquets, ne’m d’ací” (niños, vámos de aqui). Promoví una reunión en la Colonia y decidimos ir a hablar con Juan Bosch, que aun era candidato pero todo el mundo sabía que saldría elegido. Fuimos a su casa y nos dice “es que lo que yo hablo es una cosa y lo que haré es otra. No quiero que ustedes se vayan de la República Dominicana porque son unos maestros en su trabajo. Les necesitamos”. En fin, me desengañé completamente. Ya no me creía nada. Luego nos echaron de las tierras con indemnizaciones. Yo fui uno de los últimos en aceptarla. Había trabajado esa tierra durante ocho años y de nada la había convertido en una parcela productiva. No es que fuera muy buena tierra, pero con trabajo se le sacaba partido.

Un trabajador que yo tenía recibió mi tierra. Me dice
-“¿Qué le parece si la trabajamos a medias y repartimos la cosecha?”
--¡A medias!... !Ni hablar!

La gente ya estaba muy revuelta contra nosotros. Nos tiraban pedradas, venían por la noche con antorchas... Me volví a España.

No hay comentarios: